Última actualización 24/04/2009@03:43:13 GMT+1
UNA de las mejores películas de Juan Antonio Bardem es sin lugar a dudas “Calle Mayor”. Rodada a mediados de los años cincuenta, impresiona por su realismo y por la crudeza con la que retrata las relaciones humanas en una pequeña capital de provincias. Es una historia conmovedora, un drama social y humano, en el que se exhiben algunas de las miserias de la España de entonces.
Sin embargo, no es mi intención hablarles de Juan Antonio Bardem ni de las miserias de una pequeña capital de provincias, sino de las miserias del cine español en estos momentos. También, por supuesto, hay que hablar de Pilar Bardem, la hermana del realizador, que acaba de entrar en el callejero de Sevilla por la puerta de atrás. O, lo que es lo mismo, por una decisión política que nada tiene que ver con el reconocimiento popular.
Pero, antes de nada, quiero hacerles partícipes de una anécdota que me contó no hace mucho tiempo el actor Sancho Gracia, mientras tomábamos unos vinos junto a su casa, en Arturo Soria. Me contaba el veterano actor que cuando le presentó a Juan José Rosón, entonces director general de RTVE, el proyecto de “Curro Jiménez”, tras unas semanas de espera, le contestaron de TVE que adelante con la serie, y que se fuera buscando a un director para hacerla. Sancho Gracia pensó en Juan Antonio Bardem como realizador de la misma y así se lo propuso a Juan José Rosón y a su buen amigo Adolfo Suárez.
¿Qué pasó entonces? Pues, muy sencillo. Le contestaron, más o menos, en estos términos: “no cabe duda de que es un buen director, pero no podemos encargar este proyecto tan ambicioso a un rojo, y menos desde la televisión del Gobierno”. Por lo tanto, Bardem se quedó con las ganas de conocer la Serranía de Ronda, dejando su lugar a un joven Mario Camus, que también parecía “algo rojo”, pero que estaba menos comprometido políticamente con el PCE.
Les cuento esta historia, que se remonta a finales de los años sesenta o principios de los setenta, porque refleja lo poco que hemos avanzado en cuarenta años en este país. La politización y el sectarismo en el mundo del arte y de la cultura sigue creando situaciones realmente rocambolescas. Es cierto que el cine español necesita más talento y menos subvenciones, como ha señalado certeramente el Premio Cervantes Juan Marsé, pero también necesita con urgencia una reforma tanto estructural como de imagen.
El Estado no puede sostener un negocio cuyos beneficios en taquilla son inferiores a las subvenciones que perciben las películas. Resulta casi grotesco que durante el año pasado se rodaran más de cien películas en España y que más de la mitad se hayan retirado de la cartelera a los pocos días, o que ni tan siquiera hayan tenido la suerte de ser estrenadas y juzgadas por el público.
¿Alguien ha reflexionado seriamente sobre los motivos que alejan a los espectadores de nuestro cine? Me temo que algunos profesionales del sector están en otra cosa. Quizás pensando en una nueva subvención, en lugar de en una buena historia, con unos buenos guiones, que sirvan para atraer al gran público a las salas.
En un momento de crisis económica como el actual, es lógico que otros sectores industriales demanden también subvenciones. Como también es lógico pensar que la significación política de algunos de los máximos representantes del cine español –me refiero a los que le ríen las gracias al Gobierno, mientras arquean las cejas– no es la mejor carta de presentación para captar nuevos espectadores. Pero, ojo, cada uno es muy libre de manifestar sus simpatías políticas y sus preferencias. El juez, en este caso, será el espectador, que para eso paga. Lo que está claro es que cuando la película es buena, nadie se detiene a mirar si los rótulos son en castellano o en lengua extranjera.
Pilar Bardem representa a una saga de grandes directores y actores, pero la vemos más en las manifestaciones que en las salas cinematográficas. Estar siempre a la cabeza de las manifestaciones contra la derecha también requiere dedicación y esfuerzo.
Ahora bien, que no se lo agradezcan luego poniéndole una calle en una ciudad gobernada por la izquierda, para fastidiar a la derecha. No tenemos arreglo.