Mi amigo Lorenzo Díaz, que se viene trabajando muy bien y de largo qué cosa es este país, dice que hay dos indicadores irrefutables que retratan la puesta al día de la sociedad española: el estado de la dentadura de cada cual y el brindis con sidra el día del sorteo de Navidad ante la administración que ha despachado el número premiado.
El champán, el cava tampoco, no se ha incorporado ni a nuestros hábitos ni a nuestras pequeñas bodegas caseras. Brindamos, ¿porqué?, con el icono omnipresente de un gaitero, contraseña de la minoritaria exaltación de la suerte y mayoritaria de la resignación a seguir esperando otro año.
La dentadura está más que presente en la estimación de los observadores de la vida cotidiana. Cela lo dejó remachado en aquella elegía al visible diente de oro, reluciente, como frotado por “Sidol”, sin el cual nadie podía considerarse medianamente importante a mediados del siglo pasado. Rosa Montero percibió de un embajador amigo suyo la misma manera de catalogar a un país nada más pisarlo, si bien añadía una segunda biopsia: tanto más próspero será cuantos más litros de pintura venga gastando para señalizar sus carreteras.
En los actuales malos tiempos para la lírica hay un nuevo ítem que fotografía el alma de un país europeo, tal que el nuestro: la culebra de la cola del paro, cuyo fin empieza a quedar tan lejano como la línea del horizonte de Serrat. La cabeza de la hidra parte de la oficina del INEM y termina Dios sabe dónde, mortecina, triste, adinámica, pero cada anillo de esta gran lombriz está bien perfilado en la propia desesperanza de quien lo representa, y así hasta 3.605.000, de momento.
La sombra galdosiana del diecinueve ensombrece de nuevo España. El cesante sube a mediodía por una escalera de peldaños de madera que huele a coliflor. Ni el funcionario está a salvo de una congelación –Aznar ya lo ejecutó en nuestras carnes apenas pisó el felpudo de La Moncloa– o una rebaja “como contribución al bien común” una vez algunos empresarios, especuladores y banqueros han dejado limpias las cajas fuertes de Iberia, que hasta las arañas huyeron despavoridas. De nuevo el sacrificio se le pide al trabajador cuando no hay atisbos de que desde el cielo se oiga una voz divina que sujete la mano de un Abraham dispuesto a cortarle la nómina de un navajazo.
La comunicación del cese laboral es hoy más preocupante que el diagnóstico de una enfermedad cruel. Hay una seriedad agestual propia de la situación, ése es el rostro hoy de un país todavía sereno. El personal desfila por la cola del paro con el cuello subido y las gafas de sol, evitando ser reconocido por los suyos pues se considera estigmatizado como un apestado, de curación imposible en dirección proporcional a la antigüedad de su DNI. En cada familia brota un parado y en muchas varios, con los efectos colaterales en la infancia: el padre huye de casa a la hora en que salía cada mañana, aunque ahora sin rumbo fijo para cumplir la penitencia de una jornada de mil horas. Todo porque a los niños hay que guardarles el secreto de que papá ya no trabaja, de la misma manera de que ayer se les ocultaba la autenticidad de los Reyes Magos. La ilusión de creer que un padre trabaja es la principal, la que evita que un niño sienta calambres en la tripa cuando se acuerde en el colegio.
Mientras, la gran mayoría de nuestros diputados nacionales tiene algún extra donde enganchar. Pasándose por el forro su trabajo prioritario. Cuando son preguntados por su circunstancia nos perdonan la vida. Con la mayor desvergüenza.
Y dos: -La edición de “Tengo una pregunta para usted” no funcionaba al día siguiente. Cuando le interrogaban sobre un tal Bárcenas. Ni miraba a los periodistas.
- Llamada a primera hora de la mañana. “Javier Borobia ha despertado. Es como un cuento de hadas.” La noticia pinta el cielo de Guadalajara de un azul rabioso y me llega de la voz de un ángel de la guarda más conocido por Pérez Acevedo. Estamos de enhorabuena. Abriremos una de champán, por darle la razón, que la lleva, al mítico sociólogo.