Última actualización 06/03/2009@03:07:17 GMT+1
GALLEGOS y vascos manifestaron sus preferencias políticas en las urnas el pasado domingo. Ejercieron con libertad –en el caso del País Vasco sería más adecuado emplear el término “libertad vigilada”– y decidieron darle la mayoría absoluta al Partido Popular en Galicia y mandar a la oposición, después de treinta años en el poder, al PNV y a su actual líder Juan José Ibarretxe. Esta es la realidad, despojada de segundas lecturas y de interpretaciones interesadas.
Los resultados de Galicia han sido contundentes y clarificadores. Nadie ha cuestionado la victoria del Partido Popular, y la dimisión inmediata e irrevocable de Emilio Pérez Touriño me parece un gesto ejemplar. El gesto de un demócrata que sabe reconocer sus errores. Ha hecho lo que tenía que hacer y en el momento oportuno. Tiempo habrá de analizar si el culpable de la derrota es el Audi 8, último modelo, las sillas millonarias, la crisis económica o el haber tenido como compañeros de viaje a los nacionalistas de Anxo Quintana.
El pueblo gallego ha votado mayoritariamente al Partido Popular y punto. Rajoy, que no es aficionado a la caza, ha matado dos pájaros de un tiro, colocando a un hombre suyo al frente de la Xunta de Galicia y parando en seco la carrera de algunos y algunas hacia la hasta hace poco cuestionada presidencia del PP. Aquí no hay vuelta de hoja. Galicia ha propiciado la primera victoria clara de Mariano Rajoy y supone la primera derrota dolorosa de un presidente de Gobierno en horas bajas.
Este escenario de alternancia democrática no tiene nada que ver con otro escenario muy distinto, que pone en cuestión los principios más elementales del sistema parlamentario. El resultado de las elecciones vascas deja sin mayoría suficiente para gobernar a los nacionalistas y permite, por primera vez en treinta años, que los partidos constitucionalistas puedan tomar el relevo en Ajuria Enea. El Partido Socialista podrá formar gobierno con los votos del Partido Popular y de la formación que lidera Rosa Díez. De esta forma, el “raca raca” de Ibarretxe podría pasar a mejor vida. “Nunca mais”, que dirían los gallegos.
Pero, ¿qué ocurre para que este horizonte esperanzador y democrático siga siendo una utopía? Pues, muy sencillo: el PNV no acepta la alternancia como método saludable de regeneración democrática. Su presidente, Íñigo Urkullo, lo ha dejado patente al calificar de “golpe institucional” el acuerdo de tres partidos políticos que suman un diputado más que el PNV y la tropa nacionalista que les respalda.
Les aseguro que 38 diputados son más que 37, al menos para los que no vivimos en el País Vasco. Es decir, que el “raca raca” de Ibarretxe en una votación parlamentaria siempre conseguiría un voto menos.
Parece una gilipollez hablar en estos términos a un ex lehendakari que sabe sumar, aunque haya demostrado que lo suyo es dividir. Dividir a la sociedad vasca con referéndum ilegales e imposibles, dividir a los demócratas y responder con amenazas a la renovación política que tanto necesita Euskadi.
Si realmente Juan José Ibarretxe fuera un demócrata convencido y quisiera tanto como dice al País Vasco, dejaría a Patxi López formar gobierno, para intentar –ya que él no lo ha conseguido– restañar heridas y para hacer cumplir la Constitución y las leyes vigentes.
El miedo a las reacciones violentas es una milonga. La experiencia nos demuestra que no se hunde el mundo cuando se aplican las leyes y se exige el cumplimiento de las sentencias. Todo lo contrario.
Lo que pasa en estos casos es que los ciudadanos recuperan la confianza en la justicia y en las instituciones. La firmeza del PSE es fundamental en estos momentos. Aunque algunas propuestas de Zapatero puedan parecer rocambolescas –como la que anunció hace unos días para estimular el turismo en Rusia–, yo creo que ahora tenemos una gran oportunidad para recuperar el sentido común en el País Vasco.
Bastaría con mandar a Ibarretxe y a su “raca raca” de vacaciones a Rusia. A ver si así se anima.