Última actualización 27/02/2009@04:00:13 GMT+1
EL mazo justiciero de Emilio Gutiérrez, qué quieren que les diga, me cae simpático y contundente. Es un mazo certero, que sirve para golpear la impunidad y la barbarie de los amigos de los asesinos, de esos ilegales que siguen celebrando los atentados de ETA en sus ilegales locales de esparcimiento.
Los mazazos de este joven contra una herriko taberna de Lazkao (Guipuzcoa) podrán ser criticados por los que nos reclaman prudencia y nos recuerdan que uno no puede tomarse la justicia por su mano, pero tampoco debemos olvidar que son golpes desesperados ante una situación insostenible. Son mazazos de rebeldía al comprobar que tu vivienda, en la que albergas muchos de tus sueños, ha sido destruida por otros vecinos que a su vez lo celebran como una nueva hazaña contra no se sabe qué enemigos del pueblo vasco.
Después de lo ocurrido, es muy posible que Emilio Gutiérrez no pueda ya disfrutar nunca más de su vivienda en Lazkao, pero no porque no pueda reconstruirla otra vez, sino porque ha sido marcado con una diana en la cabeza para siempre. Los mal llamados radicales, que seguramente no acaban de explicarse la reacción de esta persona contra uno de sus refugios sagrados, piden para él ocho años de cárcel por “fascista” y por no haber sabido controlarse a tiempo.
¿Cómo es posible que una persona a cara descubierta se haya atrevido a romper los cristales de una herriko taberna con un mazo? Pues muy sencillo: porque está hasta los mismísimos de que los que se encierran dentro de esos locales se rían delante de su cara y celebren con “txampán” o “txacolí” el destrozo de su vivienda, que tanto trabajo y sacrificio le ha costado reformar.
Además de descubrir supuestos corruptos en el Partido Popular, el juez Baltasar Garzón tendría que utilizar su mazo justiciero para cerrar estos centros de recreo que poseen los mismos abertzales que el propio magistrado de la Audiencia Nacional ha declarado ilegales. Si en esas herriko tabernas se celebran, como está demostrado, los atentados de sus amigos etarras, ¿a qué esperan los encargados de hacer cumplir la justicia para cerrarlas?.
Les aseguro que muchos españoles nos ofreceríamos en estos momentos como voluntarios para empuñar el mazo de Emilio Gutiérrez, aunque sea sólo de forma simbólica. En un país donde está secuestrada la libertad y donde no ser nacionalista es algo “perseguible de oficio” en el mundo etarra, lo extraño es que no haya más ciudadanos dispuestos a coger el mazo y a decir: hasta aquí hemos llegado. ¿Qué ocurre?. Pues que el miedo guarda la viña y que el ojo por ojo no está contemplado en nuestro ordenamiento jurídico.
“Ya sabes como son estos y cómo se las gastan” es una de las frases que escuché decir el miércoles a una vecina de Lazkao en la radio. A la buena señora se la veía con ganas de felicitar y hasta de abrazar a Emilio Gutiérrez. Decirle, incluso, que ella también lo habría hecho si le hubieran destrozado su casa, pero prefirió callarse, pues “ya sabes como se las gastan estos...”.
Y “estos” –bocazas de herriko taberna– siguen mientras tanto paseando su chulería y su impunidad por las calles del pueblo, como perdonando la vida a los sospechosos de connivencia con el Partido Socialista o con el Partido Popular. O llamando fascistas a los que les oponen la más mínima resistencia. Esta es la libertad que reclaman ellos para Euskadi.
El hombre del mazo, el hombre que logró superar el miedo a las represalias, el hombre que decidió emprenderla a mazazos contra una herriko taberna, no era ningún loco. Tampoco un delincuente. Era, simplemente, una persona que estaba ya harta de que siempre paguen los mismos en el País Vasco: los inocentes.
Si les digo la verdad, yo le haría un monumento al mazo de Emilio. Lo pondría en mitad de la plaza del pueblo.