ES la noche del domingo. Podría ser la de otro día, qué más da, pero es la del domingo. Víspera negra de la noche eterna. Veinticinco negritos esperan tras los juncos la subida al tren, destino: Prosperidad. Subir a ese tren cayuco cuesta una vida, o los ahorros de una vida, que viene a ser lo mismo.
Cincuenta miradas de búho se fijan en el horizonte oscuro detrás del cual está –dicen– la corte de los milagros: hay agua y luz, también medicamentos y escuelas, o sea, futuro. Los cincuenta ojos de búho no quieren mirar hacia atrás porque temen caer al precipicio de la nada, al agujero sin fondo, a su patria. Veinticinco negritos dormirán como príncipes, si todo va bien, en los soportales de los palacios y de las plazas mayores, y comerán caliente en las traseras de los restaurantes, cuando el carrusel de los pinches de su mismo color gire en el ballet nocturno del vaciado de los cubos de la basura. El paraíso les espera a la madrugada, a nada que la mar se acune con el silbido plateado de la luna fría y el cayuco no se disuelva como un azucarillo. Veinticinco negritos, veinticinco mentes blancas donde no cabe un recuerdo de aldea, ni padres, madres, hermanos, novias o amigos. Al cayuco hay que subir con los ojos secos y el alma desierta, sin volver la vista hacia un continente que cría a sus hijos a fuego, que habla idiomas tribales en cuya gramática no cabe la traducción de algunas palabras incomprensibles como derecho, dignidad, salud, bienestar o felicidad, donde el polvo borra los caminos, el colmillo del elefante está hueco y la calabaza seca, la raíz del árbol chupa las sales de las calaveras y al sol lo eclipsa la sombra de Caín. El que vuelva la cabeza se convertirá en estatua, como la mujer de Lot. Apenas la luz aparezca por el otro lado, cincuenta pies dejarán el rastro tempranero y loco de los pájaros en la arena del parque para buscar el pan de cada día con el que el Dios de los blancos regala a los suyos. Veinticinco negritos no saben que su guión está escrito a punta de navaja en los veinticinco árboles donde se recostaron sus madres para parirlos, veinticinco biografías resumidas en veinticinco cruces que están empezando a sudar resina roja. La tribu huele a sudario y las moscas verdes zumban desesperadas como las gallinas que presienten el terremoto.
Cada negrito oye ahora los latidos de veinticuatro corazones próximos que suenan rápido en la jaula de sus costillas de mimbre, es el son molto vivace de la marcha fúnebre, el mar se encrespa y se retuerce en un cólico que sube desde los corales, el diablo vomita su bilis de algas amarillas, se apagan cincuenta ojos de búho y tiemblan cien filas de dientes blancos porque saben que ha llegado la incertidumbre de un segundo de veinte años que precede al fin. Es el tiempo pático de los filósofos, y veinticinco negritos recuerdan que ordeñaban una cabra en la aldea y corrían descalzos tras una pelota de látex, que comían cecina de león viejo, chupaban raíces amargas y enterraban al anciano jefe de la tribu en tierra seca. Su currículum no llega más allá de este thriller que han repasado en ese instante al tiempo que sentían mil sensaciones más: la boca les sabía a sangre caliente, tenían frío en el hígado, veían peces voladores con boca de hiena y sus brazos eran cañas de bambú que no podían doblar. La memoria les apagó el proyecto del sueño europeo, del festín de Lázaro en los pies de las mesas del rico Epulón, de su empleo como gorrillas en la puerta del hospital del extrarradio, de cumplir siquiera medio siglo o de saber leer. Veinticinco negritos aparecieron muertos el lunes y la ballena de Jonás ni siquiera los vomitó en la playa. Veinticinco peleles, pescadilla humana sacada por los brazos de los hombres a los que se les derrite el acero por el lagrimal porque no se acostumbran a esta tragedia eterna del mundo partido por la mitad donde el norte mira con desprecio hacia abajo. Cuando, a la noche, se volcaron todas las soperas de occidente en las vajillas de lujo, cuando no ayunó uno sólo de los llamados a cenar, se rompió con estrépito la palabra solidaridad. Mientras los espectadores comentaban que habían caído, lástima, otros “veinticinco negritos”.
Y dos: - Hay un horario infantil en el que determinadas programaciones están prohibidas. Que se extienda también a los informativos. Mientras dure este navajeo de políticos y comisionistas.
- La serie se interrumpió en la tercera entrega. Si se rodara la cuarta película se ocuparía de otros temas más actuales, como los residuos nucleares. Pero que, “El Padrino IV” no se ruede en Almoguera.