En la onda
Última actualización 20/03/2009@14:15:12 GMT+1
El ministro de Industria, Miguel Sebastián –por cierto, ¿cuándo va a repartir las bombillas de bajos consumo?– dice que al Gobierno se le está acabando la paciencia con los bancos. Sus declaraciones suenan como amenaza, pero sólo por unas horas. José Blanco, vicesecretario general del PSOE, dice que el Gobierno tiene una paciencia infinita. ¿En qué quedamos?. ¿Hay que tener o no hay que tener paciencia con los bancos?.
Yo lo que creo es que hay que tener sobre todo mucha paciencia, infinita paciencia, con el Gobierno que nos ha tocado en suerte. Lo mejor que podrían hacer Miguel Sebastián y José Blanco es pedirnos paciencia a los ciudadanos que cada mañana nos levantamos con noticias negativas sobre el estado de nuestra economía. Si tuviera que quedarme con alguna de las dos versiones que tienen sobre la paciencia del Gobierno el ministro de Industria y el máximo responsable del Partido Socialista después de Zapatero, me quedaría con la versión de Pepiño.
Sólo desde una infinita paciencia –que no infinita pachorra– se pueden entender algunas de las cosas que están pasando. Y sólo desde una generosidad infinita se pueden disculpar los errores, la carencia de ideas y soluciones para los problemas, o la falta de previsión para evitar una catástrofe anunciada. ¿O ya no se acuerdan de que quienes hablaban de crisis eran antipatriotas o representantes de una derecha cavernícola, que se alegraba de que todo fuera a peor?.
En lugar de hablar de más o menos paciencia frente a los bancos, yo hablaría de la paciencia de los más de tres millones de parados que hay en estos momentos y de sus dificultades para encontrar un nuevo empleo. Hablaría también de la enorme paciencia que hay que tener para no rebelarse contra los dispendios de Emilio Pérez Touriño en sus reformas millonarias, o contra los gastos enormes que conllevan los viajes de este nuevo Marco Polo con bigote llamado Josep Lluís Carod Rovira.
Les aseguro que, para paciencia, la que tenemos los ciudadanos cuando vemos que el Gobierno busca siempre chivos expiatorios y la oposición da la nota, jugando a los espías o discutiendo si son galgos o podencos. Y yo me pregunto: ¿hasta cuando vamos a aguantar que los banqueros y el Gobierno se sigan haciendo fotos, en lugar de radiografías de la crisis, con el fin de encontrar el tratamiento más adecuado para salir de ella?. Cualquier cosa vale, menos esta sensación de impotencia y de derrotismo que se está contagiando entre la población y contaminando peligrosamente a amplios sectores de nuestra economía.
Es muy frecuente –tanto desde el Gobierno como desde la oposición– echarle la culpa al empedrado, ahora que George Bush –culpable de casi todos nuestros males, menos de las nevadas– se ha caído del cartel. Está claro que tenemos que recuperar la confianza y que tenemos que salir de esta situación con “el esfuerzo de todos”. Como repite una y otra vez Zapatero –de forma un tanto monótona y aburrida–, “el Gobierno está muy preocupado y todos tenemos que arrimar el hombro para salir de esta crisis tan profunda en la que estamos”. Son palabras, y palabras, pero sin que vengan respaldadas por actuaciones urgentes, ni por medidas concretas y eficaces.
A los españoles que se quedan sin empleo nadie les tiene que recordar a estas alturas de la película algo tan obvio como es la necesidad de arrimar el hombro. En primer lugar, porque ya ni siquiera tienen la oportunidad de hacerlo. Y, en segundo lugar, porque tampoco es fácil encontrar confianza y estímulos detrás de una política sobrada de buenas intenciones y propaganda, pero carente de resultados.
La paciencia de los españoles claro que tiene límites, y hasta puede acabarse esa paciencia antes incluso de lo previsto. Si los empresarios tienen que amenazar con quemarse a lo bonzo para cobrar las deudas, o los padres de familia abandonar sus viviendas para irse a vivir a una furgoneta, como recientemente ocurrió en Barcelona, para ver el alcance de esta crisis, apañados estamos. Los primeros dramas ya están aquí y - por mucho que se intenten enterrar – acabarán saliendo a la superficie.
Está muy bien quejarse de los bancos, incluso presionarles para que faciliten dinero, aunque no lo hagan ya tan alegremente como lo hacían hasta hace poco más de un año. Está muy bien decir que la oposición no colabora – unas veces porque no la dejan y otras porque gasta todas sus energías en luchas internas – y está muy bien animar a la gente para que consuma, a ser posible productos nacionales.
Todo eso está muy bien. Pero, para ello, hace falta recuperar la confianza en el Gobierno, en las instituciones, en la oposición y también –faltaría más– en los bancos. Miguel Sebastián y José Blanco no se ponen de acuerdo, pero no se preocupen ustedes. Seguro que es un problema de paciencia.
Esa virtud cristiana que –como debería de saber el “futuro alcal-de de Madrid”– ayuda a “sufrir
y tolerar los infortunios y las adversidades con fortaleza”.
Sin lamentarse.