En la onda
Última actualización 20/03/2009@14:16:02 GMT+1
Mañana luminosa y soleada en Sevilla. Pero también fría. Será verdad lo que dice Carlos Herrera, arrastrando las últimas sílabas: “En Sevilla cuando hace frío, hace frío. Pero frío, frío…”. Sin embargo, las bajas temperaturas de los últimos días en el sur de la península pronto dejaron paso al calor humano de miles de personas que el pasado 17 de enero acompañamos a Don Juan José Asenjo en su toma de posesión como arzobispo coadjutor de la archidiócesis hispalense.
La ocasión merecía la pena. Tendrán que pasar muchos años, si es que la historia se repite, para ver a otro seguntino dirigirse hacia la silla que ya ocuparon San Leandro y San Isidoro de Sevilla. Como amigo, pero sobre todo como paisano, no quise perderme el momento en que este seguntino discreto y eficaz, de extracción humilde, se dirigía junto al Cardenal Carlos Amigo hacia el altar del Jubileo. Les abrían paso el Nuncio de Su Santidad, Manuel Monteiro, los cardenales Antonio María Rouco Varela, Antonio Cañizares y Lluis Martínez Sistach, así como cuarenta obispos más y varios centenares de sacerdotes.
Desde la boda de la Infanta Elena –el 18 de marzo de 1995– no había visto tanta solemnidad, tanto ir y venir de gentes que querían saludar al paisano y al amigo, ni tampoco tanto coche oficial en los alrededores de la catedral de Sevilla. Por cierto, monseñor Carlos Amigo conserva el mismo porte y la misma figura imponente de entonces. Tampoco había visto desde hacia mucho tiempo tantos cardenales, arzobispos, obispos, curas, monjas y diáconos juntos. Y, por supuesto, tantos paisanos y amigos de Sigüenza paseando por la calle Sierpes o bajo los naranjos del barrio de Santa Cruz y la Plaza de los Reyes.
Para mí, que descubrí Sevilla a finales de los setenta, mientras presuntamente servía a la patria y al ejército desde la Capitanía General, junto al Prado de San Sebastián y a espaldas de la Plaza de España, fue una especie de reencuentro con ese olor especial que tiene Sevilla en fechas muy señaladas. Sevilla, hermanada ahora con Sigüenza a través de monseñor Asenjo, se crece en las grandes ocasiones. Es un pueblo al que le sientan bien las celebraciones, sabe volcarse en los grandes acontecimientos, la gente sale a la calle para lucir sus tradiciones y hasta sus trajes de faralaes. Nada que ver con la austeridad, sobriedad y mesura castellana. Así que en el recibimiento del nuevo arzobispo coadjutor predominaba la alegría contenida.
La brillante ceremonia religiosa, la púrpura y el boato, se prestaban más a la emoción que a las palmas. No era el momento para arrancarse por seguidillas o fandangos. Pero, eso sí, los sentimientos y la emoción se reflejaban en los rostros de los asistentes. Muchos familiares y amigos de Don Juan José Asenjo –llegados desde Sigüenza, Madrid, Toledo o Córdoba– llenaron las distintas naves y salas de la catedral. No quisieron perderse la toma de posesión de “Juanjo”. En la solemne ceremonia –por darles algunos datos– participaron 44 obispos, 600 sacerdotes, 400 autoridades y más de 3.000 fieles.
A Doña Cándida, la madre del ya arzobispo coadjutor de Sevilla, su delicada salud no le permitió ver al hijo dirigirse a los fieles, pero –como decía un periódico sevillano– le despidió el día anterior con estas palabras: “que tengas mucha suerte, hijo”. Supongo que son palabras textuales, pero parecen más propias de la madre de un torero cuando se viste de luces para dirigirse hacia La Maestranza.
En cualquier caso, los que fuimos testigos de lo ocurrido en la catedral de Sevilla y alrededores, podemos felicitar a Doña Cándida porque su hijo estuvo a la altura de las circunstancias. “No puedo olvidar en esta mañana mis raíces”, proclamó el nuevo arzobispo, mientras sentíamos el sano orgullo de compartir sus mismas raíces, su misma tierra.
Algunos interpretan el nombramiento de monseñor Asenjo en clave política, incluso como un castigo del Cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, al Cardenal Carlos Amigo. Otros hablan de un cambio en la manera de gobernar una diócesis donde tienen mucho poder los hermanos mayores de las cofradías... Pero yo me quedo con la respuesta que José Bono dio a la prensa junto a la puerta del Príncipe: “Don Juan José Asenjo hará un buen trabajo en Sevilla porque es muy capaz, prudente e inteligente”. Sin más. Otro socialista, José Antonio Griñán, lo definió como “un amigo personal, muy prudente y trabajador”. Tampoco escatimó elogios la alcaldesa de Córdoba, Rosa Díez.
Con los pies helados –sobre el frío que pasamos en la catedral todas las opiniones coindían– el sol del mediodía era una bendición divina. Saludamos al alcalde de Sigüenza, Francisco Domingo; a la siempre encantadora presidenta de la Diputación, María Antonia Pérez León; al ex presidente de esa misma institución, Francisco Tomey; al senador Juan Antonio de las Heras; al propio José Bono; a Don José Sánchez, y a tantos y tantos amigos seguntinos...
Y, por supuesto, me fundí a la salida en un cariñoso abrazo con el verdadero protagonista, nuestro arzobispo. “Gracias, muchas gracias Javier, por esos artículos tan bonitos que me escribes”, me dijo. Se me hizo un nudo en la garganta y apenas pude contestarle: “Son merecidos”.