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| Las alumnas de uno de los talleres de encajes de bolillos que dirige Toñi de Toro en Azuqueca se afanan cada semana en mejorar su manejo de los bolillos. |
Última actualización 31/10/2008@11:39:08 GMT+1
Almohadillas y bolillos parecían castigados a permanecer en los desvanes a los que fueron relegados. No fue así y ahora cuentan con un amplio número de aficionados en toda la provincia, algunos de ellos agrupados en asociaciones como la del Arte del Encaje de Bolillos de Azuqueca de Henares, la más antigua de Guadalajara con diez años recién cumplidos.
Un par de manos habilidosas se pasan de una a otra los bolillos mientras sobre la almohadilla va tomando forma una delicada puntilla de estilo tradicional castellano. La imagen puede evocar a la mayoría tiempos pasados y quehaceres de abuelas. Y a punto estuvo de ser únicamente así. El arte del encaje de bolillos fue durante décadas una especie más en peligro de extinción, sólo conservada en enclaves con una raigambre más profunda como son Almagro o Camariñas. No es el caso de Guadalajara, provincia en la que siempre han existido artesanas de los encajes pero cuyo conocimiento se fue perdiendo al no ser legado a las generaciones venideras.
Pudo ser pero afortunadamente no lo fue. A día de hoy en Guadalajara existen varias asociaciones de bolillos, la más antigua la de Azuqueca de Henares que precisamente este año se encuentra celebrando su décimo aniversario. La Asociación del Arte del Encaje de Bolillos nació en julio de 1998 “de un grupo de amigas que sabíamos hacer bolillos y queríamos tener presencia a nivel municipal”, explica Antonia de Toro, al frente de la misma, con más de 15 años de experiencia como encajera y 150 alumnos a su cargo por toda la provincia. La asociación azudense que empezó formada por diez personas cuenta en la actualidad con 65 miembros.
De Toro no se ‘queja’. En Azuqueca de Henares dirige tres talleres y habrá un cuarto próximamente aunque uno de sus sueños sería el de crear una escuela de encaje de bolillos para niños. Cantera hay. El pasado 4 de octubre la encajera más joven del encuentro nacional celebrado en Meco fue la azudense Mar Santamaría y en los último celebrados en Zaragoza y Almagro el honor de ser la artesana de menor edad lo tuvo su vecina Sonia Manzano. De uno de los talleres participa Alba Guillén Rodríguez, de 9 años, quién a pesar de haberse iniciado en el arte de los bolillos hace tan solo dos semanas ya da muestras de alumna aventajada cuando se la ve transformar en pulsera el último patrón aprendido de su profesora. Asegura que no es difícil, tan sólo tienes que “echar dos bolillos para un lado y luego con uno hacer una cruz”, explica la aprendiz más joven del taller. “Se lo he hecho una sola vez y ya lo ha aprendido”, apunta la maestra. Frente a Alba se sienta la alumna de mayor edad, de 72 años, y una de las más veteranas. Pilar Henche lleva más de ocho años siendo parte de la asociación. “La verdad es que los bolillos me pierden”, y Pilar enumera con orgullo los ‘tesoros’ de encaje que conserva fruto de su habilidad. “Tengo un chal morado muy bonito, puntillas, juegos de cama y toallas”. Acostumbrada como está a hacer labores coincide con su joven compañera de tarea en que el encaje de bolillos no es tan complejo. No obstante contaba con algo de ventaja cuando entró en la asociación. Siendo ella muy pequeña recibió de su madre las primeras lecciones de bolillos, aunque fueron muchos años los que después permanecieron arrinconadas en su memoria. Hasta que un día acudió en El Casar a uno de los encuentros de encajeras que organiza Toñi de Toro y decidió retomar la tarea abandonada. Ahora es ella junto con sus compañeras la que recorre el país mostrando sus ‘mañas’. Seseña, Sigüenza, Guadalajara, Zaragoza, Barcelona o Farcama –la Feria de Artesanía por excelencia– han sido solo algunos de los últimos destinos visitados por este grupo de encajeras. Estos encuentros son “una manera de compartir y de aprender”, coinciden alumnas y profesora.
La nuera de Pilar frecuentaba los encuentros realizados por la asociación, tanto los que se celebraban dentro como los que se hacían fuera de la provincia. Pero hasta el inicio del presente curso no se había decidido a formar parte de las artesanas que los hacen posibles. “Es mucha la gente que ahora hace encajes otra vez, a pesar de que estuvieron a punto de desaparecer”, explica Begoña de la Cruz, quién además contó con el empujón de su suegra. No es la única en la familia que ha seguido los pasos de Pilar. “Mi nieta los hace tan bien como yo”, desvela esta última.
Como la pequeña Alba, hace tan sólo dos clases que María Luisa Rodríguez tuvo su primera toma de contacto con los bolillos. Su afición por las manualidades es la culpable de que este curso se haya decantado por el encaje. Para ella la técnica entraña cierta dificultad; “manejar los bolillos cuesta”, se desmarca.