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Hemeroteca :: Edición del 12/07/2008 | Salir de la hemeroteca
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Justo Escribano, en primer plano, es uno de los ‘expertos’ en plantas curativas de Bustares, al igual que sus compañeros de sombra: Solera, Teodoro Vacas y Mariano Bartolomé –en segundo plano–.

Plantas sabias del Alto Rey

Última actualización 11/07/2008@05:15:16 GMT+1
Justo Escribano, Herminio Torija –al que nadie conoce por este nombre y todo el mundo llama Solera-, Teodoro Vacas y Mariano Bartolomé están sentados a la sombra viendo desde el poyato de la plazoleta de arriba de Bustares como una mañana más se va rozando el pico del majestuoso Alto Rey, cuya falda se deja caer sobre este pequeño pueblo de casas con paredes de pizarra, crudos y largos inviernos, sinuosa carretera de acceso y añoranza de ver corretear niños por sus calles.

Todos vivieron los años en los que Bustares era conocido como el Madrilejos de la Sierra, por ser de toda la zona el más poblado. “Había seiscientas personas. Aquí había médico, veterinario, cura, secretario... y toda la gente de alrededor venía aquí”, recuerda Teodoro. Ahora con el paso del tiempo, el pueblo ha sufrido como otros tantos, los estragos de la despoblación. Hasta la escuela rural tuvo que cerrar por falta de chavales que llenaran sus pupitres. Solo el verano alivia el vacío de las calles ululantes de viento escarchado.

Todos se ganaron la vida con el ganado. Como pastores de cabras, criando vacas o como tratantes contribuyeron a que la principal actividad económica de Bustares fuera la ganadera. Ahora jubilados y perros viejos guardan de aquellos años un sinfín de conocimientos, atesorados a lo largo de una vida en el campo. Entre ellos, un buen puñado de remedios y usos diversos de las plantas y arbustos que crecen en el agreste terreno serrano. Cuando son preguntados por estos usos acaban pisándose las palabras que al principio costaba atropellar.

La botica más natural

Justo cumplirá el mes que viene los 81 años. Sus manos curtidas por el trabajo y el frío se aprietan en sus nudillos, inflamados a causa de la artrosis, aliviadas de la hinchazón y el dolor a base de friegas de árnica, una planta de amarillentas hojas difícil de encontrar pero con multitud de aplicaciones. Una vez dejada macerar en alcohol sirve para aliviar, además de las enfermedades reumáticas, los dolores e inflamaciones de esguinces y torceduras, y también para las picaduras de insectos. Justo que la utiliza para remedio de muchas dolencias –al igual que el resto de los abuelos del Alto Rey, de forma inevitable, acompaña sus explicaciones sobre los usos de las plantas con historias personales que se enredan trayendo tiempos pasados–, narra cómo en una ocasión un médico le recomendó tomar una pastilla cada seis horas para la artrosis. Al cabo de los días, la hinchazón de las articulaciones había remitido. “¿Y sabes cuántas pastillas me tomé?”, pregunta seguro de que dará la respuesta esperada. “Una”.
“Algunos no se lo creen y dicen que es de la cabeza, pero a mí me van muy bien”, señala después de haber enumerado más de una veintena de usos y aplicaciones de las plantas que él, desde que era chico, ha ido acumulando entre sus muchos conocimientos. Manzanilla y té, muy numerosas en la zona, para curar el dolor de cabeza y de estómago, la infusión de jara para el malestar estomacal, la golondrina para el cólico de riñón o las hojas de la herida, peladas y aplicadas en cataplasma, para cicatrizar. También el hipérico, que se ha de tener cuarenta días en aceite, para luego aplicarlo sobre inflamaciones y heridas. Hay quién lo toma además en infusión por sus propiedades beneficiosas para la circulación de la sangre, al igual que la mejorana.

Toda una botica crecida en los parajes extendidos a los pies del pico del Alto Rey. Buen ejemplo de ello es el caso de la gayuga que tapiza el suelo de Bustares, planta de altura que tomada en infusión se empleaba normalmente como diurético. Hace unos años que comenzaron a llegar a la zona camiones para llevarse la gayuga, no se recuerda muy bien con que fin, aunque todos los vecinos sacan a la luz estos episodios cuando son interrogados acerca de las plantas más representativas y ‘saludables’ de la zona, como si los de la industria farmacéutica o la empresa de fuegos artificiales –son dos de los usos a los que hacen alusión los habitantes de Bustares– hubieran llegado una mañana cualquiera al pueblo y sin dar ninguna explicación hubieran roto la rutina con sus ruidosos camiones y arrancado sin más matas y matas de gayuga. Hasta que se cansaron y desaparecieron de la misma manera en que habían irrumpido. “No vienen todos los años”. Justo recuerda como colocaban la planta sobre unas lonas hasta que se secaba para llevarse solo la hoja. “Pensábamos que donde había sido arrancada volvería a crecer mejor gayuga...”. Pero no fue así.

Los usos de esta popular planta no son solo diuréticos. Solera, que fue un conocido tratante de ganado de la zona, al que agrietan el rostro profundas arrugas como legado de todo lo vivido y aprendido, añade el comestible. “Cuando matabas un cordero y lo abrías tenía todos los menudos llenos de gayugas. Por lo menos trescientas”. Busca la aprobación del resto de compañeros de poyato, a los que incluso les asoma la sonrisa recordando aquellos tiempos en los que también ellos salían al campo cuando la gayuga estaba en flor, “a comerse la melera”.

Solera también conoce cantidad de remedios naturales para los ‘males’ más comunes. Así, él emplea la flor de malva para los catarros y los bronquios puesta en cataplasma sobre la garganta o la ortiga para las enfermedades de riñón. “La ortiga la utilizaban mucho para la tensión, primero hervida y luego bebida”, explica Justo. “Un año mi tía hizo una tortilla de ortigas en las fiestas”, añade Julio Martínez, uno de los jóvenes que pasa numerosos fines de semana y las épocas de vacaciones en Bustares. “Y también se las dábamos a los cerdos”, apunta Justo.

Muchas de estas aplicaciones se encuentran recogidas en la tesis “Investigación etnobotánica en la Sierra del Alto Rey”, recientemente publicada dentro de la colección tesis y monografías sobre la provincia de Guadalajara por la Diputación, cuyos autores Carolina Lozano Merayo y Jerónimo Pérez Perucha –ambos han estudiado Ingeniería Agrónoma– recorrieron durante más de un año los pueblos de la comarca rescatando casi doscientos usos diferentes y clasificando las plantas en comestibles, medicinales, artesanales, ornamentales, forrajeras o sacro-mágicas, entre otras.

Las inevitables referencias a las formas de vida, el medio socio económico y el contacto con los informantes –todos ellos vecinos de los pueblos del Alto Rey con una edad comprendida mayoritariamente entre los 70 y los 90 años– hace que su trabajo excediera las fronteras de la etnobotánica. Cercioran como la riqueza de estos conocimientos se están paulatinamente perdiendo, “sobre todo en temas de agricultura y ganadería”. “La gente joven no se preocupa de preguntar ni de poner en práctica estos usos”, afirma Jerónimo, buen conocedor de la zona ya que, al ser sus abuelos naturales de Zarzuela de Jadraque, ha recorrido desde la infancia los pueblos que rodean al pico Rey. Tanto él como su compañera coinciden en destacar “el sentimiento de las personas mayores, el amor con el que trasmiten los conocimientos, los recuerdos que guardan y la pena tan grande que les provoca que las nuevas generaciones no se preocupen de hablar con ellos”. Justo coincide. “La gente joven no tiene mucho interés y, además cada vez quedan menos”.

Como Jerónimo y Carolina, los abuelos de Bustares a su vez aprendieron a emplear las plantas con usos medicinales, ganaderos o comestibles de “gente muy mayor”, como la tía Marieja, la tía Saturnina o la tía Patricia de las que Justo aprendió, entre otras, las aplicaciones de la raíz del traidor, muy común en los herbolarios y recomendada para cicatrizar heridas, quemaduras y grietas de las manos y los pies. Para curar a los animales también se aprovechaban los recursos naturales del Alto Rey. Para eso estaba el tío Juanito. “Cuando se nos ponía un animal enfermo acudíamos a él... Aquel hombre entendía”, explica Justo. “Así nos íbamos valiendo los unos de los otros”.

A la cazuela

Muchas también son las plantas comestibles. “Aquí ha habido mucha miseria y poco pasto”. Si se tienen en cuenta las palabras de Solera se puede imaginar las artimañas que los habitantes del Alto Rey tuvieron que realizar para mantener a la extensa población de ganado, ahora mermada a la tercera parte. De los robles se secaba la hoja en cámaras para dársela a los animales cuando durante el invierno “no había moneda para comprar pienso”. Los pastores de la zona solían calificar la bondad de los años en función de la proliferación de capuchas en la estepa. “A las cabras les gustaba mucho”, dice Teodoro. “Hasta el enebro se comían. Con todo lo que pincha... y lo dejaban pelao”.

Pero los años de “hambre” también los sufrieron los habitantes. “El que tenía cabras bebía leche, el que tenía ganado comía carne y el que no... nada”, asegura Solera. En realidad comían todo lo que se podía. Entre lo que se ponía encima de la mesa había muchas plantas criadas en los alrededores. Aceras, y acerones después, brejanas –de la que existe una especie para pienso y otra comestible– o collejas. Zarzamora y cardillo, también. Seguramente las difíciles circunstancias forjaron la personalidad de los vecinos del Alto Rey: “honrados, sufridos con dignidad, modestos sin afectación y con costumbres frugales y sencillas”, según la descripción tomada del trabajo de “Investigación etnobotánica en la Sierra del Alto Rey”, de Carolina Lozano y Jerónimo Pérez. Y con un excelente sentido del humor. Ese que hace a Justo buscar “la planta que haga joven”.

Para todo-.

Justo conoce remedios naturales casi para cualquier dolencia o enfermedad. En la foto de la izquierda muestra la planta a la que llama hoja de la herida, muy carnosa, que él emplea como cicatrizante. Comenta como para aplicarla se debe haber pelado previamente y haber hecho con ella una cataplasma.
Él mismo se trata así muchas dolencias.
“Las plantas te curan de otra manera, no te perjudican el estómago”, asegura. Como Justo, Teodoro Vacas y Solera –en la foto de abajo– atesoran muchos conocimientos sobre usos y aplicaciones de las plantas adquiridos de sus años como ganadero y tratante, y otros aprendidos de sus mayores.

Usos curiosos recogidos en “Investigación etnobotánica en la sierra del Alto Rey”
ESTEPA, MOGOS: los chicos cogían la corteza seca que se soltaba del tronco de la estepa y fabricaban cigarrillos liando las virutas. A falta de tabaco se solía fumar también las hojas secas de la patata.

CAÑERLO, AZUSTRE: los cañerlos se utilizaban para ayudar en el arte de la pesca, de ellos se aprovecha la raíz, se deja secar, se muele con corrubias –excrementos de oveja– y se vierte todo en un saco. Se ponen en las chorreras o arroyuelos para que se extienda la mezcla por el agua, con lo que se consigue atontar a los peces. Con estos mismos fines se emplea el azustre, una vez machacado el grano.

ENEBRO: además del popular uso de las endrinas para la fabricación de pacharán, cuentan algunos mayores del lugar que si alguien quiere quitarse una verruga, otra persona debe esconder bajo tierra, sin que el primero se entere, siete frutos del enebro.

PERIGALLOS, PIMPIRIGALLOS: las flores de esta planta de cepa leñosa crecen agrupadas en cabezuelas sujetas de un largo rabito que los jóvenes chupaban como refrescante en verano.

AMAPOLA: en pequeña cantidad, tomada en infusión, las madres se las daban a sus bebés cuando lloraban mucho y no dormían bien.

AGALLAS DEL ROBLE: también conocidas como agallones, son provocadas por un insecto, el himenóptero. De las agallas sale la larva adulta. Los chicos las utilizaban como canicas o como arma arrojadizas. De hecho, se las conoce como ‘agalla canica’.

AGALLAS DEL ROBLE: también conocidas como agallones, son provocadas por un insecto, el himenóptero. De las agallas sale la larva adulta. Los chicos las utilizaban como canicas o como arma arrojadizas. De hecho, se las conoce como ‘agalla canica’.

CALABAZA: antes de que la tradición americana se extendiese sobre todo por nuestras ciudades, en muchos pueblos ya se tallaban calabazas y se las iluminaba con velas en la noche de la festividad de Todos los Santos. Existe constancia de esta práctica desde principios del siglo XIX.

BIÉRCOLAS, BIÉRCOL: se empleaba en la matanza para “rascar los cochinos”. Se cubría al animal con ramas de esta planta y se le prendía fuego para quemarle los pelos. Con el mismo fin se utilizaba el brezo o berezo.

MARRUBIO: se extendía sobre el suelo a modo de cama para los pollitos cuando la gallina aún estaba clueca. Se pretendía así evitar que los pollos cogieran piojos.
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