Hemeroteca :: Edición del 28/04/2006 | Salir de la hemeroteca

EN LA ONDA/ Javier del Castillo

Última actualización 28/04/2006@00:00:00 GMT+1
La proposición no de ley del diputado verde Francisco Garrido sobre la protección de los derechos de los simios es una de esas noticias que te reconcilia con tus semejantes, a la vez que una de las iniciativas más celebradas por la castigada ciudadanía española. Garantizar los derechos fundamentales de nuestros "hermanos" chimpancés, orangutanes, gorilas y bonobos no figuraba en el programa electoral del Partido Socialista, pero sí era un clamor popular.
¿Cómo es posible que estos inteligentes y simpáticos animales, con los que compartimos el 99,4 por 100 de nuestra dotación genética, carecieran todavía de una legislación apropiada para desarrollarse como personas dentro de la nueva alianza de civilizaciones?
Los españoles, que tanto cuestionamos el cumplimiento de los derechos humanos en el País Vasco y que tanto nos preocupamos por llegar a final de mes, teníamos olvidados a los monos y no habíamos caído en la cuenta. ¡Ya iba siendo hora de hacerles justicia y de dar un primer paso en asunto de tanto calado social! Acabar con la "esclavitud" de nuestros ancestros será motivo de orgullo nacional, así como un ejemplo para los países de nuestro entorno que presumen alegremente de tener una legislación muy avanzada en materia medioambiental.

Todo esto suena a broma –y efectivamente lo es– pero la llegada al Congreso de esta insólita proposición coincide precisamente –ojo al dato– con la revisión histórica que tanto le gusta a José Luis Rodríguez Zapatero. Puestos a buscar los orígenes de nuestra identidad como nación, está claro que no podemos perder la referencia de nuestros queridos simios y primates, muy anteriores a íberos, celtas, visigodos, musulmanes y judíos. ¿Por qué somos tan crueles y desagradecidos con nuestros lejanos antepasados? ¿Por qué les enjaulamos y lanzamos cacahuetes sin piedad si son casi como nosotros? Si además, somos tan animales como ellos. Es más, me atrevería a decir que en algunos de nuestros semejantes todavía quedan claros vestigios de esa ascendencia.

En torno a esta cuestión de los monos, se ha dicho de todo. Incluso el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, afirmó el otro día que "el exceso de progresismo lleva al ridículo", relacionando seguidamente el reconocimiento de los derechos de los simios con la negativa a hacerlo con los embriones humanos. Como siempre, la Iglesia arrimando el ascua a su sardina...

Es posible que el prelado navarro tenga razón, pero no debería olvidar monseñor Sebastián que la Iglesia viene denunciando desde hace siglos la esclavitud en el mundo. La iniciativa en cuestión hay que situarla además dentro de un contexto de buenas intenciones. Cito palabras textuales de Joaquín Araújo, responsable de Proyecto Gran Simio en España: "pretende que seamos más sensibles y humanos". Vamos, una monada.

Al diputado Francisco Garrido le han dejado sólo en la tribuna del hemiciclo. Le han llamado de todo, menos bonito, por defender a los monos. Sin embargo, su propuesta había sido bendecida por el Grupo Parlamentario Socialista y consensuada también con el Ministerio de Medio Ambiente. ¿Qué pasa? Pues que cuando se arma un gran revuelo y se produce la crítica generalizada de los medios de comunicación, todos salen corriendo. En cuanto le han visto las orejas al mono, han salido disparados hacia territorios más tranquilos.

Cristina Narbona, atenta siempre a cualquier vestigio de resto animal –que se lo pregunten si no a los linces– ha dejado a su compañero de partido al pie de los caballos. Ni tan siquiera unas palabras de comprensión, una simple disculpa o cualquier monería. Por el momento, los simios siguen sin tener derecho al voto, pero en su fuero interno les quedará grabada la traición de la ministra. Y no me extrañaría que se tomaran algún día la revancha negándole el voto y el saludo.

Uno ya está curado de espanto, pero no me imaginaba que fuera precisamente todo un señor diputado el que me hiciera reflexionar tanto sobre el libro "El mono desnudo" escrito por Desmond Morris que leí hace ya muchos años. ¿Se imaginan la llegada de un grupo de chimpancés o gorilas al palacio de la Carrera de San Jerónimo con el acta de diputados en la boca?
Pues a lo mejor con el tiempo lo vemos...
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