Bajo el suelo ceniciento y herido de la sierra del Ducado comienzan a germinar los primeros pinos
y a brotar los primeros robles en una esperanza de vida, de color verde
Última actualización 28/04/2006@00:00:00 GMT+1
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| El vicepresidente primero, Fernando Lamata, visitó la pasada semana la zona quemada y pudo sorprenderse con los pinos recién germinados. |
"Hace más ruido un árbol que cae que todo un bosque que crece", dijo el cardenal Oscar Andrés Rodríguez. Y así es, de manera silenciosa bajo el estruendo de cientos de máquinas que trabajan para la saca de la madera, en la sierra del Ducado se está produciendo el milagro de una naturaleza que sobrevive a la negligencia del hombre
Al ras del suelo hay una explosión de tallos verdes tiernos de nuevos pinos y robles entre las cenizas y ramas negras de bosque quemado. Es una esperanza para la vida.
La conocida como “teoría Gaia” es un conjunto de modelos científicos, y en general, una nueva forma de concebir las ciencias de la naturaleza, cuya proposición básica es que la vida se comporta como un organismo que fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para su existencia, afectando a su entorno. Según esta teoría, que debe su nombre a la antigua diosa griega de la Tierra, Gaia o Gea, la superficie externa de la Tierra y todos los organismos que habitan en ella forman un sistema autorregulado y en equilibrio dinámico, de tal manera que los cambios son absorbidos para mantener unas condiciones apropiadas para la vida.
Algo de la esta teoría se puede aplicar a lo que está ocurriendo en los Pinares del Ducado de Medinaceli, cuando bajo las 12.000 hectáreas de superficie quemada, comienza a brotar ahora, nueve meses después del incendio, los primeros pinos germinados. La naturaleza es tan sabia, que sabe como sacar partido de lo peor y la mayoría de las especies o ecosistemas vegetales presentes en el bosque mediterráneo, se han acostumbrado en cierta manera a los incendios, y por eso han desarrollado sorprendentes mecanismos de adaptación al fuego, de tal manera que es a través de él como se regeneran y reproducen.
Es el caso del pino ródeno, principal masa forestal afectada en el incendio de La Riba, del pasado mes de julio (9.375 hectáreas, un 78% del total quemado). A sus semillas se les llama pirófitas porque sacan gran partido del fuego para su propagación. Las llamas hicieron estallar millones de piñas que diseminaron los piñones, con una resistencia casi mágica para ser capaces de permanecer latentes en el suelo, a pesar del fuego devorador. Es más muchas semillas antiguas, recubiertas en resina, son capaces de mantener sus propiedades más allá de 50 años, hasta que el fuego las hace estallar expandiendo de esta forma los piñones y dando, por tanto, la posibilidad de dar de nuevo origen a un nuevo árbol.
Así es como el incendio obra como un mecanismo de autorregulación y regeneración del bosque, que hace desaparecer especies ya secas y dañadas y fomenta el nacimiento de minúsculos pinos, que ahora apenas tienen dos o tres centímetros de tamaño, y que eso sí, necesitarán de más de cuatro décadas, y en algunos casos algo de ayuda por parte del hombre, para volver a tener el porte que arruinó el fuego. Como dice el catedrático forestal, Rafael Serrada, “los incendios además de producir daños ecológicos y económicos, también queman el tiempo que la masa forestal ha necesitado para formarse”.
Ahora mismo, sin embargo, la esperanza es verde en la sierra del Ducado. Con la llegada de la primavera, y las primeras lluvias, la tierra herida y quemada, todavía negra, produce los primeros partos, que engendró el fuego. Basta retirar con la mano un poco de la pinaza renegrida o tostada, para comprobar como bajo el subsuelo aparecen los tímidos y minúsculos plumeros verdes, que mañana serán pinos. Hay miles de ellos, y una vez que se descubren, da reparo volver a pisar el suelo.
Y no sólo son los pinos, el roble o marojo (813 hectáreas quemadas) y el quejigo (60 hectáreas), tan bien son especies que brotan bien de cepa, tras el incendio, a partir de las raíces profundas de árboles que en superficie sí han quedado calcinados. Así , al igual que los plumeros del pino, ya se pueden ver las primeras yemas del marojo a ras de suelo.
La lucha contra
la erosión
La regeneración natural, no lo es todo para marcar la esperanza de que el bosque regrese. Tal y como explica Alfredo Chavarría, jefe del Medio Natural en la Delegación de Medio Ambiente de Guadalajara, y principal responsable en el Plan de restauración de la zona quemada, “Hay que mantener la condiciones de productividad de la tierra y minimizar el proceso de erosión de un suelo que tras la saca de la madera ha quedado desnudo”.
Ya se ha actuado en el 37% por ciento, de la superficie quemada y se han extraído 100.000 metros cúbicos de madera. Tras el trabajo de las más de 100 máquinas que a diario cortan, trasladan, apilan la madera, para la saca (procesadoras, skidders, motosierras y autocargadores), se realiza una tarea, prácticamente artesanal para sujetar el suelo y evitar escorrentías. En toda la franja que va desde La Riba de Saelices, a Ciruelos el trabajo ya está prácticamente acabado, sobre más de 4.000 hectáreas de terreno, donde además la orografía era más complicada, con grandes barrancos y profundas pendientes. Impresiona ver el paisaje “lunar”, que queda en el monte una vez apeados los pinos, pero también impresiona observar como se tejen con las ramas de la madera apeada las “fajinas”, una especie de pequeños diques que se anclan en las laderas de pendiente y “albarradas”, diques más grandes en la zona de escorrentía. Son los elementos con los que se trata de evitar la erosión, todo un trabajo de paciencia y maestría.
Lo que queda por hacer
Aunque ya hay mucho hecho, el inconveniente está en que en el otro 60 por ciento de la superficie quemada, donde las máquinas comienzan a trabajar ahora para la extracción, tras el proceso de subasta, la actividad de máquinas y las trochas que se han de abrir en el monte, van a perjudicar en gran medida la regeneración natural. Los técnicos de Medio Ambiente aseguran que los trabajos se harán con máximo cuidado y que la próxima primavera habrá una segunda oportunidad de germinación. “Por eso teníamos prisa en que se hiciera la saca cuanto antes”, recuerda el alcalde de la Riba, José Luis Samper.
Un largo tiempo de espera
La restauración completa del monte afectado no se producirá hasta dentro de 40 o 50 años, “un plazo relativamente corto si nos referimos a una escala forestal”, dicen los técnico, pero sin duda toda una vida, en escala humana.
Finalizados los trabajos de extracción de la madera y de restauración correspondientes a la primera fase, –al ritmo de 2.000 metros cúbicos diarios se estima que pueden estar acabados este otoño–, se procederá, durante un período mínimo de dos años, a un seguimiento de la evolución de la regeneración natural. De hecho hoy, la zona quemada ya es un aula de campo para numerosos grupos de biólogos, forestales y otros técnicos, que se desplazan hasta la sierra del Ducado, para aprender sobre el terreno y raro es el día en que los peones forestales no se tropiezan con algún universitario.
Transcurrido este período de seguimiento, durante los dos años siguientes (3º y 4º desde la finalización de la saca de madera) se trabajará para limitar la expansión de matorrales, sobre todo jaras, que compiten con la regeneración de robles y pinos. Además se procederá a siembras de apoyo y plantaciones, allá donde la regeneración natural no haya progresado.
Para poder favorecer el nuevo crecimiento d elos árboles, se ha acotado toda la zona al pastoreo, con un plazo de cinco años para el ganado ovino y de diez para el caprino y bovino.